martes, enero 8

Saiside Paradise.

En un sitio lleno de paredes, sábanas azules o rosas, con color a elegir; las suites solo tienen cuatro paredes, una cama y una pequeña ventanita a la altura de las pirámides, de día es el único sustento de luz y a eso de las ocho de la tarde se encienden los focos, blancos, que hacen que esto parezca una nave industrial donde se guardan los cadáveres una vez listos para hurgar en sus entrañas y practicarle lo comunmente llamado autopsia.

Hace varios meses que estoy aquí encerrada, no puedo pensar por que en cuanto lo hago, la señorita vestida de puta enfermera me da tres píldoras; la azul, para la mierda de cabeza que tengo; la amarilla, para las ''ganas de comer'' y la más kawaii, la rosa, para dejar de hacer carreteras en mis brazos y piernas. Ellas siempre intentan maquillar toda esta mierda que por aquí dentro se huele. Me han situado en la habitación del fondo del pasillo, la puerta tiene cuádruple cerradura (para más seguridad) y la ventana rejas de color burdeos que yo expresamente hice pintar.

Solo nos dejan salir una vez a la semana y eso si ellas creen que estamos lo ''suficientemente cuerdas'' como para estar rodeada de árboles y ser autosuficientes. Justamente lo que a mi me falta; CORDURA.

No sé como llegué aquí, no sé quien me trajo ni sé como cojones me descubrieron; echo de menos llegar a casa a las tantas y que nadie me espere con un plato rebosante de comida en la mesa ni con un café calentito, tumbarme en la cama a escuchar el griterío de gente, a darme largos baños de espuma con el incienso puesto y despertar como otra yo. Ir por la calle, que me miren, que me sonrían, que los niños pequeños me confundan con su mamá y se asusten, que me miren raro por mi color de pelo, que me pregunten de dónde es mi bolso o mi pamela y que el taxi me deje justo en frente de los grandes centros comerciales.

Hace tiempo que dejé de ser yo, dejé de llevar y seguir el camino por el que quería caminar, de su mano, de esa mano que tanto tiempo me ayudó a levantarme de cada puta vez que me caía; una y otra vez, una y otra vez... Hasta que esa mano se desvaneció, caía y nadie me recogía, a pedazos iba hasta la cama a recomponerme hasta el día siguiente y así uno y otro día, semanas incluso años.
Mi pelo hace meses que está del mismo tono rojizo de la última vez que salí de la peluquería, aunque ahora me llega casi a la cintura, esa a la que esa mano tanto gustaba acariciar (BASTA DE TONTERÍAS) también hace meses que ese precioso bolso de LV que me costó mi primer sueldo de un año entero se estará llenando de polvo en el ático de Papá; mis uñas tampoco tienen color y mi cara resplandece como un espectro de lo pálida que está, necesito mis carmines, mis bases, mis sombras, mis eye liner, mi maquillaje, mi felicidad. Pero para eso necesito estar bien...

O al menos a p a r e n t a r l o . . .

Todo el maldito lugar huele a esa bazofia frita a la que por aquí llaman ''comida''; en la suite de mi derecha hay una chica que cada noche aporrea las paredes y grita como una gatita en celo; según he descubierto es una suicida experta; ha sido ingresada seis veces antes de venir a parar aquí, tiene una camisa de fuerza color rosa pastel con las correas moradas, sus colores favoritos, pero ella no lo recuerda, no recuerda nada de su pasado ni nada de su vida; todo lo de su habitación lo eligieron sus queridos padres; esos que quieren tanto a una hija que la encierran en un maldito psiquiátrico hasta que tenga la suficiente fuerza para quitarse la camisa y rebanarse el cuello como la piel de una manzana.