A los nueve años ya pesaba 42 toneladas KG; no sé si me hizo más fuerte, pero sí más débil ante insultos, burlas y maneras de hundir. Solía tener una mejor amiga, de la misma estatura y gilipollez inteligencia que yo. Luego estaba la típica niña que utiliza los cinturones de su madre como mini-falda y los zapatos de la temporada pasada que a su madre ya ''nolevalen'' como cajita de tesoros. Esa típica niñita que, ya a sus nueve años, su lista de novios sobrepasa a la mismísima Taylor Swift. Ella era la tercera en discordia, pero a la vez la que nos manejaba como pequeñas marionetas, a su gana, a lo que ella quería.
Mi amiga y yo teníamos dos motes que ella mismo nos puso. ''Gorda 1'' y ''Gorda 2''; yo era la número dos por que, como ella decía, mi amiga tenía más esperanzas de ser alguien que valiera la pena. Se pasaba las clases dibujando y escribiendo cosas en pequeños trozos de papel que luego, más tarde, en el (infierno) recreo, nos repartiría a cada una. En ellos ponía lo que debíamos comer al llegar a casa, la ropa apropiada para nuestros gordos y rechonchos cuerpos y los ejercicios que nos tocaba hacer en ese pequeño espacio de tiempo.
Si traíamos bocadillo nos hacía dárselo, para que pudiera comérselos tranquilamente los nuestros y el suyo también, mientras nos decía que teníamos que mirarla mientras lo hacía y alabar la elegancia con lo que lo hacía, algo vulgar.
Después de su dulce tortura, venganza según ella por haber nacido con más capacidad que nosotras por tener un cuerpo bonito; tocaba hacer la maldita lista de ejercicios. A mi amiga tres vueltas enteras al colegio y cincuenta abdominales y como premio una cookie (like a bitch.) A mí, como era la más horrenda de las tres privilegiada me hizo pasarme todos los patios del curso dando vueltas y vueltas al maldito edificio color vainilla que era el puto colegio. Acabé por saberme de memoria todos y cada uno de los escorchos que tenía la pared, todos los bultos y abolladuras que deberían haber arreglado hace varios años pero que, seguramente hoy en día siguen ahí; los cuarenta escalones de la entrada al gimnasio y las tres rampas de la entrada, las dimensiones de la sosa cajita de arena y los escondijos de las más ''pijas'' sin clase. La diferencia estaba en que yo no tenía premio, mi premio era no estar cerca de esa bruja en todo el recreo, mi premio era llegar a casa y encerrarme entre sábanas con las malditas notitas de esa querida ''entrenadora personal'' en las manos a pensar si valía la pena volver a la mañana siguiente a ese vertederos de huesos y poca grasa.
Una vez nos hizo decir nuestro peso en voz alta; yo y mi problema con la sinceridad, lo dije sin ningún pesar, simplemente con vergüenza por tener unas cifras tan altas a esa baja edad, INGENUA DE MI al escuchar las cifras de mi amiga. Mintió, claramente me dejó como la sebosa del colegio entero, sus secuaces ''amiguitos'' empezaron a cebarse de insultos conmigo, como los buitres cuando ven carroña fresca en medio del desierto. El resto del curso, en los recreos me los pasaba encerrada en las duchas del baño, comiendo angustiosamente la petite baguette que mi mami me había hecho con tomate, york y queso ''- Hoy te he hecho tu bocadillo favorito, amorcito - me dijo mi madre'' a duras penas pude comérmelo seco, sin que mis jodidas lágrimas llegaran a la miga.
Esa época acabó cuando la chica vió que se ''merecía'' unas amigas más acordes a su estilo, unas amigas que tuvieran la piel de la barriga pegada a la de la espalda sin ni un bendito gramo excesivo de pura grasa animal. La diferencia fue que la que era mi ''amiga'' adquirió su visión del mundo idílico lleno de anoréxicas personitas malvadas y punzantes insultos, yo me quedé sola, en mi mundo de chocolates, galletas y obesidad sin fin.
Épocas que poquísima importancia parecen tener pero que permanecen aún en mi mente y hacen de mi lo que soy hoy, no se borrará, gracias a esa puta Barbie babosa por los capullos ya a temprana edad quien se digne a decir una sola palabra mala de mi se las verá con la peor parte, aunque por dentro me destroce como los castillitos de arena cuando la marea sube.